Sábado 30/8 en La Nación: Padres impulsivos, hijos impulsivos

Adultos impulsivos, hijos impulsivos
Nos enoja, y mucho, que nuestros chicos actúen impulsivamente, sin pensar.  Empujan a la hermanita que se les cruzó en el camino, le arrancan de las manos a mamá el control remoto de la tele, revolean el joystick cuando pierden en un jueguito electrónico, y tantos otros ejemplos… Esta forma de responder es inevitable durante los primeros años de vida y va cediendo a partir de los tres años por dos caminos: a) la maduración y b) el modelo de los padres y otros adultos que rodean al niño.
a) A medida que crecen y van integrando su sistema nervioso central,  la corteza cerebral (el cerebro más “humano”) va tomando un mayor preponderancia y así los chicos empiezan a reaccionar ya no desde la emoción pura sino mediatizando con la reflexión. Y esto ocurre por el simple hecho de crecer y madurar.
b) Nos cuesta darnos cuenta de que algunas actitudes nuestras promueven las conductas impulsivas, y no ayudan a que nuestros chiquitos dejen de tenerlas.  “Te pego” (para que no pegues), “te empujo” (para que no empujes), “te grito” (para que no grites). 
 A veces ni siquiera tiene que ver con los chicos pero ellos nos miran y aprenden: el adulto que revolea la raqueta de tenis ante un mal tiro, el que le tira el auto encima a otro en la rotonda porque tiene derecho de paso, el que insulta en la calle ante una mala maniobra de otro conductor, la persona que le grita al colectivero, o el que despotrica ante un accidente doméstico….  Porque no sólo los actos, a veces las palabras pueden ser impulsivas.
No está mal que nos enojemos, de hecho el enojo es una emoción necesaria que ayuda a la supervivencia, muchas veces  nos señala que algo o alguien nos está incomodando, que está entrando en territorio personal sin nuestro permiso.  Pero tenemos que estar muy atentos a nuestras respuestas  porque los chicos nos copian, imitan, se identifican con nosotros en infinidad de temas, entre ellos en la forma en que manejamos el enojo.
Cuando aprendemos a separar lo que sentimos de lo que hacemos (a partir de eso que sentimos), tanto con nosotros mismos como con los chicos, les vamos señalando el camino de la humanización: ya no doy la respuesta instintiva, automática, ante aquello que me molestó sino que puedo enojarme y elegir la mejor respuesta en lugar de reaccionar impulsivamente: si me molesta que mi hijita se cruce para pasar delante de mi, una respuesta no impulsiva podría ser hablar de su apuro (“querías llegar primera”) para seguir con el mensaje didáctico: “los grandes pasan primero, ¿te acordás que ya lo hablamos?”.  En otro caso “no es nada divertido perder, pero no vuelvas a revolear el joystick porque te vas a quedar sin consola por unos cuantos días, y vas a tener que pagar el arreglo si se rompe”.  Y en otro “sería genial ver siempre lo que uno quiere en la tele, pero este es el turno de tu hermano, así que devolvéle el control remoto”.   
Con los más chiquitos se trata simplemente de poner en palabras nuestras lo que lo hizo enojar y reaccionar e impedir que lo siga haciendo (“te enojaste con mamá porque no te deja abrir la heladera, pero a mamá no se le pega”).   Así vamos ayudándolos a aprender un modelo de reflexión y de intentos de comprender lo que los hizo actuar impulsivamente que, con el tiempo los chiquitos van internalizando y haciendo propio.

No es sencillo cambiar el patrón de respuestas impulsivas, especialmente si es el modelo en el que crecimos, pero a medida que vayamos probando  y teniendo éxito en esos intentos, veremos el cambio en el ambiente de la casa.  Y si muchos lo intentamos, quizás podamos cambiar el ambiente del barrio, de la ciudad, del país, incluso del planeta… 

28/8, a las 19,45 hs.Charla en CABA a beneficio de la Fundación Franciscana Pies Descalzos

El 28 de agosto a las 19,45en el colegio Champagnat (en CABA) voy a dar una charla a beneficio de la Fundación Franciscana Pies Descalzos. 
Vayan reservando entradas!
Ellos trabajan con familias en situación de pobreza para que puedan desarrollar sus capacidades a través de distintos proyectos: estimulación temprana, créditos, alfabetización, emprendimientos productivos, talleres para adolescentes, psicolgía, talleres para madres, etc. Trabaja en los barrios de Lómas de Mariló (Moreno) y Ejército de los Andes, conocido como Fuerte Apache (Ciudadela). Pueden ver su página web en www.piesdescalzos.org.ar

Sábado 2 de agosto en La Nación: La empatía fortalece la autoestima

El hecho de comprender y poner en palabras lo que nuestros hijos piensan y sienten, nuestra repuesta empática, eleva (y mucho) su autoestima.  Sucede que así les damos lugar para que conozcan, acepten, validen, la gama completa de sus emociones, sentimientos y pensamientos, sin juzgarlos como buenos o malos, correctos o incorrectos.
Durante los primeros años la opinión de los padres para los chicos es “palabra santa”, nos creen sin dudar,  y por eso nuestro reconocimiento y aceptación, no sólo de sus zonas luminosas sin también de las oscuras (como celos, rivalidades, egocentrismos, codicias, perezas, enojos, vergüenzas, sensibilidades, miedos, tristezas, y muchas más), les permite a ellos validarlas y aceptarlas como propias.  
Cuando sólo “aprobamos” las zonas luminosas (bueno, respetuoso, responsable, obediente, considerado, amable, esforzado, valiente, cordial…), aunque no sea explícitamente,  les mostramos que un parte de sus personalidades no nos gusta, o no nos parece bien. Cuando en cambio podemos comprender toda la amplia gama de sus pensamientos y sentimientos ellos perciben que todo en ellos nos gusta y lo consideramos aceptable.  De todos modos ¡cuánto más fácil es aceptar los  rasgos luminosos que los oscuros!
Pero no olvidemos aquello que vimos en otras oportunidades: a pesar de comprender muchas veces tendremos que poner límites a su conducta por cuestiones morales, de salud o de seguridad, o por otras menos esenciales como tiempo o temas económicos.
A veces no comprendemos  y lanzamos frases como “¡no te podés poner así por esa pavada!,  “¿cómo te vas a enojar por eso?”,  “es ridículo lo que decís”, “no discutas, ya sabés que es la hora de…”, “ le tenés miedo a ese cuzquito?”, o “cómo vas a  tener hambre si acabamos de terminar de comer” (los ejemplos son infinitos).   ¿Qué ocurre entonces? Bueno, con esos comentarios ellos creen que  piensan mal, que lo que dicen no tiene sentido ni razón de ser, que desean cosas equivocadas, que sus sentimientos no corresponden y no deberían tenerlos.  Y como no dudan de nuestra palabra sino de ellos mismos y de su mundo interno llegan a la conclusión de que son tontos, o malos, o demandantes, celosos, egoístas, cobardes….   que no aprobamos una gran parte de las ideas y temas que brotan desde adentro de ellos.. 
Lo hacemos por maldad?  ¡No!, es algo que aprendimos de chicos y seguimos haciendo lo que nuestros padres hicieron con nosotros.  También lo hacemos por amor a nuestros hijos: no queremos que sufran y tratamos de convencerlos que lo que ocurre no amerita ese dolor o ese enojo.  Pero por este camino se lesiona la imagen de sí mismos.
Cuando en cambio empezamos respondiendo “cómo te duele que no te hayan elegido para le acto”, “es que molesta que no inviten a  todos al cumple”, “”te asustan las cosas nuevas”, “estaría buenísimo comer un alfajor ahora”, o “qué rabia que se suspenda el partido por lluvia!” y otras respuestas empáticas,  queda implícito que vale todo lo que sienten, aunque no siempre se pueda hacer lo que ellos quieren.  
Así, de a poco, se acostumbran a mirar hacia adentro de ellos para saber lo que les pasa o sienten.  Este es un paso fundamental en la construcción  de una autoestima sólida.  Porque si durante los primeros años la autoestima depende de la mirada de los padres, luego se va internalizando y al crecer, en condiciones ideales, debería depender de nosotros mismos.  Es muy difícil tratar de agradar y de sentirnos aprobado por las personas de nuestro entorno.  Imaginen lo que les pasa a los chicos no la van fortaleciendo se ven tironeados entre esas personas cuyas miradas aprobadoras buscan, sin saber cuál elegir, a cuál renunciar y lo más complicadoo: cómo aprobarse  a sí mismos.