Muerte

Aproximaciones a un tema inevitable 

Para LA NACION

 

A los adultos nos angustia el tema de la muerte, por lo que, cuando se trata de hablar con los más chiquitos, lo esquivamos lo más y mejor que podemos.

Nos encantaría hacerles creer que la muerte no es parte de la vida, por lo que salimos corriendo a comprar otro canario cuando al nuestro se lo comió un gato o les decimos que se encontró con su novia y se fue a formar una familia a un árbol con tal de no decir la temida frase: "Se murió".

Los chicos alrededor de los cuatro años se conectan indefectible y espontáneamente con el tema de la muerte. A esa edad alcanzan la constancia objetal y descubren que sólo hay un papá, una mamá, un Juancito, una Teresita, una abuela Tota, un tío José, y en un momento de lúcida integración entienden que "cuando te morís no estás más".

En algunos, esto ocurre con mucha angustia, pero en la mayoría con muy poca, es uno más de sus muchos descubrimientos. De todos modos, el tema les lleva tiempo de procesamiento e infinidad de preguntas a los adultos y conversaciones entre ellos. A veces pasan a preguntar sobre la vida eterna y Dios poniéndonos en aprietos con dudas concretas o metafísicas: "¿No se cae?"; "¿No puede bajar?"; "¿Podemos ir en avión y verlo por la ventana?"; "Yo no quiero morirme" o "No quiero que te mueras"...

Nuestro silencio, nuestra cara de susto o el tono de nuestra respuesta los alertan: sin darnos cuenta, los adultos disfrazamos y diluimos lo que no es necesario disfrazar ni diluir. Cuando decimos que las personas fallecidas "pasan a mejor vida", "se van al cielo", "se van de viaje" o "Jesús se lo llevó porque era muy bueno", los chicos mucho no entienden, pero descubren que es mejor no hablar de esto con sus padres porque se ponen incómodos, nerviosos, o de golpe se quedan sordos (¡ni contestan!).

Ellos preguntan por otro lado y, ya desde chiquitos, empiezan a tomar la muerte como algo tremendo, innombrable, que mete miedo. ¡somos nosotros los que impedimos que ellos se conecten con el tema naturalmente!

A esa edad están abiertos a escuchar sobre eso ingenuamente, sin preocupaciones agregadas.

Puede que nosotros les traslademos nuestra angustia, pero ellos no han sufrido experiencias ni conocen (la mayoría de las veces) casos dramáticos como los que nosotros vivimos o conocemos. Además, es ideal y más fácil hablar cuando no tienen una muerte cercana o inminente, de modo que cuando fallezca alguna persona de su entorno el tema ya sea conocido para ellos. Lamentablemente, casi todos lo dejamos para el peor momento posible, justo cuando nosotros también estamos en pleno duelo, intentando procesar y aceptar la muerte de un ser querido para todos.

Se trata de animarnos a hablar en palabras sencillas del ciclo vital que se cumple: "Cuando uno es viejito, el corazón se detiene, es como un reloj que se queda sin cuerda o sin pilas, su cuerpo ya no podía andar". Salvo que sea necesario por alguna situación puntual, dejamos las otras muertes (por enfermedades o accidentes) para más adelante, cuando les surja la inquietud.

No podemos tranquilizarlos diciendo "yo no me voy a morir hasta que crezcas", pero tampoco hagamos lo contrario para ser veraces diciendo "en cualquier momento y a cualquiera le puede ocurrir", ya que les daría una innecesaria inseguridad. En cambio, les hace bien saber que sus padres seguramente van a llegar a viejos, o hasta que sus hijos sean adultos y ya no los necesiten tanto, y que se van a cuidar para lograrlo.

Aprovechemos las oportunidades que nos da la vida para aproximarlos a este tema? porque es inevitable.

 

CHASELIZALDE.com

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