Límites

 

¿ Como hacemos para que nos hagan caso? (I)

Para LA NACION (10-11-12) 

 

La gran pregunta es ¿cómo hacemos para que nuestros chicos hagan lo que les pedimos?, ¿para que nos hagan caso?

La respuesta es tan simple como difícil de realizar, porque no estamos acostumbrados a hacerlo: los padres tenemos que aprender a decir las cosas una sola vez.  ¿Y cómo se logra eso, si pedimos todo cincuenta veces y ellos ni siquiera nos miran?, y ni soñar que nos contesten…  Los chicos sólo responden cuando nos enojamos mucho, o gritamos, o cuando los llevamos por la fuerza.  Y justamente ese es el origen del problema: saben que hasta que mamá (o papá) no grita a un determinado volumen, o se agita de cierta forma que ellos ya conocen 

desde hace años, o se para y se les acerca con cara de mucho enojo, tienen tiempo para seguir jugando, peleando, paveando, es decir, no obedeciendo.  El segundo problema que presenta este sistema ‘clásico’ es que los chicos sólo hacen caso a los adultos que gritan, o ponen caras feas o los llevan por la fuerza, o enuncian amenazas horribles, y en cambio no se dan por aludidos cuando una maestra, o una empleada los llama amablemente a entrar, o a ir a la mesa, o a sacar la carpeta, por ejemplo.

Decimos las cosas una vez y nos ocupamos de que ocurra, o anunciamos la consecuencia si no nos hicieran caso, pero  ¿a qué edad nos ocupamos  nosotros y/o usamos el sistema de consecuencias? 

Hasta los cinco o seis años usaremos pocas veces penitencias, castigos  o consecuencias , por una razón muy simple: para que estos funcionen, para que el chico pueda optar entre hacer lo que quieren sus padres o lo que él desea y pagar alguna consecuencia, tiene que tener una conciencia moral clara y en funcionamiento, lo que difícilmente ocurra antes de esa edad.  

Y lo mismo ocurre muchas veces en chicos mayores, que tienen una fortaleza interna tambaleante, o, en chicos sanos y fuertes, cuando un estímulo demasiado atractivo, intenso y/o interesante (como para dejarlo con facilidad) les enturbia la capacidad de tomar una buena decisión, por lo que les  cuesta  ‘hacer caso’; en esas situaciones es preferible (y más realista, o menos ilusoriamente optimista)  ir a buscarlos en lugar de amenazarlos.  Algunos ejemplos: salir de la pileta para entrar a hacer los deberes, dejar el jueguito de la playstation o de la wii a medio hacer para ir a comer o a estudiar, dejar de molestar a un hermanito, apagar la tele o el ipod para irse a dormir, etc.  

Otras veces tampoco podemos dejar elegir a los chicos mayores (que en principio ya estarían maduros para hacerse cargo de consecuencias), cuando están en juego cuestiones de salud, ética o seguridad; entonces tendremos que seguir diciendo las cosas una vez y ocupándonos de que ocurran: como no podemos dejarlos elegir tampoco podemos negociar con ellos ni amenazarlos con castigos en estos temas.  Algunos ejemplos: una vacuna (“vamos al vacunatorio”), manejar un auto sin registro (“no vas”… y yo me quedo con las llaves por si su fortaleza interna tambalea), robar (“dejá eso porque no es tuyo”), mentir (“no te voy a conseguir un certificado médico para justificar tu ausencia”), etc. 

Sintetizando: los adultos nos ocupamos, nos hacemos cargo, de que los chicos nos hagan caso, la mayoría de las veces en los menores de cinco o seis años, y algunas en los mayores.  Así ellos se acostumbran a obedecer.  Un poco trabajoso al comienzo, y ¡un placer cuando ya está instalado! Ya veremos en las próximas columnas por qué prefiero hablar de consecuencias en lugar de penitencias; y cómo lograr que los chicos mayores nos obedezcan usando un sistema claro y coherente de consecuencias que se cumplan, y cuáles son las circunstancias en que también usamos consecuencias con los más chiquitos.

 

¿Cómo hacemos para que nos hagan caso? II

Para LA NACION

 

Vimos en mi columna anterior que para una adecuada puesta de límites a los más chiquitos, la mayoría de las veces hay dos pasos: primero, damos la orden, el aviso, expresamos lo que queremos, y luego, nos ocupamos de que eso ocurra, sin repetir las indicaciones. Así los padres logramos ser eficaces en la puesta de límites sin tantos enojos, y ellos se acostumbran a obedecer "por las buenas" (aunque, y es inevitable, ellos sí se enojan con nosotros).

A partir de los cinco o seis años, a medida que en los chicos se va organizando la conciencia moral, ya podemos agregar un tercer paso a nuestra puesta de límites: las consecuencias. Lo hacemos de este modo: 1) decimos lo que queremos que hagan ("andá a bañarte"); 2) anunciamos la consecuencia en el caso de que no lo hagan ("el que no está bañado a la hora de sentarse a la mesa se queda sin tele después de comer"); 3) cumplimos la consecuencia si fuera el caso ("no te bañaste, ahora vení a la mesa y después de comer te bañás y te vas directo a la cama"). Y ahora un ejemplo para hijos más grandes: 1) "No me dejes el auto sin nafta"; 2) "Si me lo dejás sin nafta, perdés por tres días el derecho de usarlo"; 3) "Te quedaste tres días sin auto porque me lo dejaste sin nafta".

Es central, para que el sistema funcione, que estemos dispuestos a no repetir la "amenaza" y a hacer cumplir la consecuencia sin hacer concesiones en el caso de que decidan no hacer lo que les solicitamos. Hasta que no estemos seguros y dispuestos a hacer cumplir la consecuencia, es preferible que no la enunciemos. Así ellos se acostumbran y saben que papá y mamá van en serio, que sus palabras no son palabras huecas, y así se alcanza en los mayores el mismo objetivo buscado en el sistema de dos pasos de los más chiquitos.

¿Cómo tendrían que ser las consecuencias? 1) cumplibles: si les digo que paren de pelear o los bajo del auto, alguno de nuestros hijos se va a reír sabiendo que no lo vamos a hacer y otro puede sentir pánico; 2) inmediatas: ahora, hoy o mañana, y no el fin de semana; 3) también cortas: una consecuencia que dura muchos días es difícil de sostener, hasta podríamos olvidarnos el motivo; 4) activas y reparadoras: cuando cometemos un error nos hace bien a todos reparar el daño hecho, ayuda a aliviar la culpa; 5) en lo posible proporcionadas y relacionadas con lo ocurrido, y si eso no fuera posible, podemos cancelar algún derecho (un día sin tele o sin celular, por ejemplo).

Sería deseable que resulten razonables, respetuosas y valiosas para aprender, es decir que no los llenen de odio, y digan: "¡Qué me importa!", o deseen vengarse, y entonces no la aprovechen para aprender para la próxima vez.

Un sistema de consecuencias claro, consistente y coherente los ayuda a organizarse, a saber a qué atenerse, a aprender a tomar decisiones y a ir haciéndose cargo de ellas, habilidades fundamentales a medida que crecen. Pero el sistema no se puede organizar de entrada y completo, lo iremos armando y perfeccionando con el correr del tiempo. y de los errores nuestros y de nuestros hijos.

Así como con los grandes a veces usamos el sistema en dos pasos, con los menores de seis también utilizamos las consecuencias: cuando después de impedir algo varias veces ("no le pegues a tu hermano", y me ocupo de que no lo haga), en algún momento me canso y paso a anunciar una consecuencia ("si lo tocás, te vas de la cocina"), y de ser necesario ¡la cumplo! También lo hacemos cuando no podemos impedir: si estoy sentada adelante en el auto, no puedo evitar que mi hijito de tres años se desate el cinturón de seguridad, entonces tendré que decir: "Si te desatás, paro el auto".

¿Por qué hablo de consecuencias en lugar de castigos o penitencias? Ése será el tema de mi próxima columna.

 

La Nacion - Cómo hacemos para que nos hagan caso III

Para LA NACION

 

Los adultos nos movemos ateniéndonos permanentemente a las consecuencias de nuestros actos: si no entrego un presupuesto a tiempo, puedo perder la licitación; si me despierto tarde, los chicos no llegan a tiempo al colegio; si no pago la cuenta del teléfono, lo cortan. Muchas consecuencias son positivas: si me organizo con tiempo, consigo muy buenas entradas para el recital de mi cantante favorito; si hago bien completa la lista del supermercado, no necesito volver hasta la semana próxima; si dejo las llaves siempre en el mismo lugar, no pierdo tiempo buscándolas, etcétera.

En nuestra vida hay consecuencias naturales (si no me abrigo, puedo pasar frío; si como de más, engordo; si no presto atención al lugar donde dejé el auto, puedo tardar en encontrarlo), y otras consecuencias lógicas (si ando en una avenida a más de setenta km/hora, me pueden labrar una multa). Estas últimas son convenios preestablecidos entre las personas que nos ayudan a organizarnos y a saber a qué atenernos.

Los padres imponemos castigos o penitencias después de ocurrido el hecho: "Como no te bañaste, te quedaste sin tele", "como me contestaste mal, mañana no vas a la fiesta de tu amiga", "como tenés varias materias abajo, no podés salir hasta el próximo boletín". Suelen ser arbitrarios y poco coherentes porque el adulto elige lo que se le ocurre según el enojo del momento, más relacionado con lo que al hijo le duele perder que a lo que ocurrió. Los chicos sienten mucho enojo e impotencia ante estos castigos, y no se sienten respetados ni escuchados. A veces funcionan, por miedo, y no porque aprendan a pensar; además, el rencor no ayuda a que elijan hacer caso en el próximo episodio similar.

Hoy propongo usar un sistema de consecuencias claro y coherente. No es una idea nueva ni original, pero nos cuesta hacer el cambio y dejar los castigos o penitencias. ¿Y cuál es la diferencia?

1) Las consecuencias tienen sentido para el chico (si no estoy listo a tiempo, me tengo que ir al colegio en colectivo).

2) Son anunciadas previamente. Aunque muchas veces las iremos inventando a partir de que algo no funcionó: primero les digo que tienen que bañarse antes de comer; cuando alguno de los chicos llega a la mesa sin haberlo hecho, puedo decirles: "A partir de ahora, el que no se baña antes de comer, se baña después y no ve tele al día siguiente". En el caso de los más chiquitos, por ejemplo, puedo atarles el cinturón de seguridad en el auto y, en el caso de que se suelten, les aviso: "Si te soltás, paro el auto hasta que estés seguro". Y de ser necesario, ¡hacerlo! Ya vimos que con los más chiquitos usamos consecuencias cuando no podemos impedir, o cuando nos cansamos de hacerlo.

3) Las consecuencias les entregan a los chicos el poder y el control de la situación. Así pueden decidir hacer caso o atenerse a la consecuencia. Y no las podemos usar cuando no cabe dejarlos elegir: impedimos que use el auto si no tiene registro de conductor; los llevamos a vacunar si el pediatra lo indicó. En cuestiones de ética, salud y seguridad tendremos que seguir usando el sistema de impedir y de ser yo-auxiliares para nuestros hijos.

3) No es indispensable el sufrimiento. Lavar el auto para pagar un suéter perdido, o hacer un dibujo a papá por haberle contestado mal pueden ser consecuencias excelentes.

4) Finalmente, permiten, muchas veces, reparar el daño hecho (secar el baño inundado, por ejemplo), a los chicos les hace tanto bien como a nosotros saber que no son como el caballo de Atila (que donde pasaba no volvía a crecer el pasto), que sus errores se pagan, pero también se resuelven.

CHASELIZALDE.com

  • https://www.youtube.com/channel/UCGi
  • Pinterest
  • Facebook icono social
  • Instagram