La Vida Diaria

 

Mil y un problemas a la hora de ir a dormir

Para LA NACION

 

La hora de acostar a los chicos es el final de un montón de situaciones, encuentros, desencuentros, tareas, etc.. Según cómo haya sido el último par de horas en casa con ellos nos resultará más simple o más complicado dejar a cada uno en su cama y empezar a disfrutar el tan deseado tiempo para los adultos: el horario de protección al mayor, indispensable para las parejas y también para los padres y madres solos que necesitan un rato para ellos mismos.

Lamentablemente los chicos no vienen con un botón de encendido/ apagado, por lo que tenemos que ir logrando que bajen las revoluciones y se vayan preparando si queremos tener éxito al llevarlos a la cama. 

Irse a dormir implica para ellos dejar de jugar con papá, ver tele, o estar conectados, y también cortar las interacciones con sus padres, como no es lo que desean, van a hacer la posible  y lo imposible para prolongar esa despedida: “te tengo que contar algo”, “quiero ir al baño”, “Juanita me dice tonta”, “quiero agua”, “ me olvidé de hacer una tarea”, “tengo miedo!”, “¿por qué tengo que dormir solo?”.  Son tantas las excusas, algunas válidas y otras no tanto que terminamos la mayoría de las noches a los gritos, pero esto lamentablemente complica la situación. 

El enojo de mamá o papá no ayuda al corte porque quedarse solos y entregarse al sueño implica conectar con aspectos del mundo interno que a veces asustan o preocupan y si para colmo los adulto se van “hartos”, cansados, de mal humor, más les cuesta a los chicos dejarlos ir,  y se transforma en un círculo vicioso.  Además los chicos ya tienen suficiente enojo ante la “injusticia” de que los padres se queden levantados un rato más como para agregar  a eso el miedo de que sus padres puedan estar enojados, desilusionados u ofendidos con ellos.  

Los chicos necesitan dormir cierta cantidad de horas (de acuerdo a su edad), es bueno para su salud física y mental, es necesario para su crecimiento y para fijar los conocimientos adquiridos durante el día, porque dormir forma parte del ciclo vital.  No se van a la cama porque nos los queremos sacar de encima, pese a que ellos puedan a veces sentirlo (¡y nosotros transmitirlo!).  Cuando deslizamos ese sentimiento nos convertimos en pésimos vendedores del necesario y reparador descanso nocturno.

El proceso empieza un buen rato antes con los baños, la preparación de mochilas y ropa para la mañana siguiente, la comida, en cada una de esa situaciones se complica algún tema,  uno se empaca, otros se pelean por ser los primeros, o los últimos, está el que odia el pijama que elegimos, o todo viene bien y de golpe se arma la de san Quintín porque el hermano ¡le usó su toalla!

Lo que podemos hacer para facilitar las cosas es lograr que las actividades a partir de cierto horario sen tranquilas y relajantes, esto implica que el papá llegue temprano algunas noches para hacer los juegos excitantes que les encantan a  los chicos, pero también sepa no iniciarlos cuando llega cerca de la hora de que se vayan a la cama.

Acostar los chicos lleva media hora por las malas…¡y treinta minutos por las buenas!  Ya que no hay más remedio, entreguemos esa media hora y disfrutemos tanto del tiempo de estar allí con ellos  como de la despedida.  Ayuda mucho organizar un ritual o rutina agradable y predecible para esa última media hora, que incluya lavado de dientes e idas al baño y también un rato de disponibilidad de papá o mamá: para un cuento o una charla en la cama además del beso y los últimos mimos del día.

 En un suspiro llegarán a la adolescencia  y lograremos con esfuerzo que apaguen la luz al mismo tiempo que nosotros… y en un par de años más seremos nosotros los primeros en irnos a dormir.

 

¡Chicos, a la mesa!, un llamado necesario

Para LA NACION

 

¡Chicos, a la mesa!, un llamado necesario 

Apenas empiezan a crecer y van a doble escolaridad, pasamos muy poco tiempo con nuestros hijos, pero esos momentos probablemente sean alrededor de la mesa. Un desayuno apurado: "¡Terminá ese Nesquik y lavate los dientes!"; "Te falta la campera"; "No te olvides el protector bucal". La hora del té (si mamá no trabaja): "Dejala en paz a tu hermana"; "Ese alfajor es para tu hermano, que llega en un rato, vos ya te comiste el tuyo"; "¿Qué tenés de tarea?"; "¡Ya sabés que prendemos la tele después del baño!". A la hora de comer: "¡Terminá tu plato!"; "¡Agarrá bien los cubiertos!"; "¡No te podés levantar antes de que terminemos todos!".

El poco tiempo que pasamos con ellos suele ser a las corridas, y con muchos malos modos. Y esto se repite día tras día, se relaja un poco el fin de semana, pero recomienza el domingo a la tardecita.

Esta descripción nos hace ver el valor incalculable de la hora de comer, probablemente el único momento que comparte toda la familia, y tenemos que estar muy atentos para no desperdiciarla. La comida no es sólo alimento del cuerpo, sino un lugar de encuentro al que todos deberían tener ganas de ir porque se sienten cómodos, pueden hablar y contar lo que se les ocurra sin sentirse (tan) criticados o juzgados. Un lugar en el que cada uno tenga su espacio para contar y aprenda a escuchar a los demás. Y donde, obviamente, también se aprende a comer bien, tomar bien los cubiertos, no hablar con la boca llena, sentarse derechos, ayudar a poner o levantar la mesa, cocinar o lavar los platos... Aunque no hace falta que los empachemos con todas esas recomendaciones juntas. Tenemos muchos años y muchas comidas para ir enseñando estos temas de a uno, confiando en nuestro ejemplo como aliado, sin esperar que coman como "señoritos ingleses" a los cuatro años.

Por otro lado, si no los habituamos cuando son chiquitos a comer sin televisión, a conversar ese rato entre todos, si no convertimos la mesa en un lugar placentero, va a ser muy difícil lograrlo cuando sean más grandes. La comida puede ser una rutina aburrida o un ritual familiar lleno de significado. Al principio sólo para los adultos que fomentan ese encuentro, pero con el correr del tiempo los mismos chicos lo van a disfrutar, y a reclamar cuando no ocurre, y probablemente hagan lo mismo en sus casas cuando crezcan y tengan sus propias familias. Apaguemos la tele y los celulares, dejemos que atienda el contestador. Estemos atentos a que los temas de conversación sean de interés para todos y dejemos las charlas de trabajo o de temas complejos entre papá y mamá para más tarde.

Por supuesto que tenemos que averiguar cómo les fue en el colegio, si les dieron el boletín o las notas de la prueba, por qué se pelearon los hermanos cuando mamá salió, o si lograron que los incluyan en el torneo de fútbol, pero la mesa no puede ser el lugar de careos y cuestionarios que terminan siendo persecutorios, porque entonces ninguno tendrá ganas de ir.

Después de comer tendremos otro ratito para ir cuarto por cuarto, cama por cama, con esas preguntas personales que muestran nuestro interés y también nuestra preocupación y cuidado de sus personas en formación y que muchas veces son más fáciles de contestar y de repensar en el uno a uno con mamá o con papá que públicamente delante de toda la familia.

Los chicos se irán acostumbrando a medida que crecen a quedarse hasta el final de la comida, no por obedecer a su padres, sino por el placer de pasar un rato en familia. Recuerdo haber agregado a la comida de la noche el ritual del café cuando los chicos empezaron a crecer, un poco porque nos gustaba a los adultos, pero también para prolongar un rato la sobremesa y favorecer la charla entre todos.

¡Y valió la pena! Hoy, ya son grandes, tienen sus familias, y seguimos buscando y disfrutando esos encuentros alrededor de la mesa.

CHASELIZALDE.com

  • https://www.youtube.com/channel/UCGi
  • Pinterest
  • Facebook icono social
  • Instagram