Hijos

 

Los chicos y las fases de su madurez

Para LA NACION

 

La madurez intelectual de los chicos suele correr pareja con la emocional y con el control de los impulsos, y en ese caso nos encontramos cómodamente respondiendo preguntas que sentimos adecuadas para su edad.

Pero algunas veces la inteligencia o la madurez intelectual de nuestros hijos nos ponen en aprietos. El caso más claro es el chico que hace preguntas difíciles de contestar, ya sea de temas que nos incomodan (como la muerte o la sexualidad) o creemos que no tiene edad para conocer las respuestas (como los robos, la deshonestidad, la corrupción, etc.). Podría ocurrir también que nuestro hijo descubriera incongruencias o fisuras en temas de su casa o del entorno: pueden darse cuenta de que su papá está sin trabajo aunque los padres no quieran decirlo, o de las dificultades de pareja de su padres, o simplemente discutir con fuerza y argumentos el "vos no podés tomar gaseosa en la comida, pero tu papá sí".

Veamos el desfase entre la madurez intelectual y la emocional. Son chicos que se dan cuenta de más cosas de las que pueden procesar: a pesar de que su inteligencia les permite interesarse por ciertos temas ("¿por qué existe la pobreza?", "¿qué es un travesti?", "ese personaje de la tele es un varón vestido de mujer", "¿papá y mamá se van a separar?" y muchos otros), no pueden procesarlos o asimilarlos porque su madurez emocional no es acorde con ese "darse cuenta" que les permite su inteligencia. Un chiquito de tres años puede angustiarse ante la idea de enfermarse cuando a la mayoría de los de esa edad ni se les cruza por la cabeza como problema. Por otro lado, no resulta sencillo explicarle el tema o calmar su preocupación? porque es muy chiquito para entenderlo.

Cuando lo que no alcanza es el control de los impulsos, vemos cómo le pegan a la hermanita porque no entienden algo que para ellos es obvio, o contestan mal a la maestra ante una penitencia que consideran injusta.

Estos desfases muchas veces traen problemas, porque los chicos se encuentran enfrentando temas o situaciones que no pueden resolver y que a veces los padres tampoco podemos resolver por o para ellos. No es sencillo calmar a Juanita (4), preocupada por la eventual muerte de su madre (quien goza de excelente salud) porque a pesar de que puede conceptualizar la muerte como problema no tiene tanta facilidad para entender que es muy improbable que ocurra en los próximos años, que los seres humanos tenemos que acostumbrarnos a vivir con esa incertidumbre, que la muerte es un hecho irremediable de la vida y parte de la vida misma, o que su preocupación se debe a que es chiquita y hoy la necesita mucho, y que en cambio cuando sea adulta va a tener los recursos necesarios para poder vivir sin ella.

A veces los padres se encandilan con esas inquietudes "geniales" y favorecen por demás el desarrollo intelectual/racional, contestando en exceso las preguntas o favoreciendo programas de televisión o lecturas que terminan agrandando la distancia entre lo que le interesa al niño y lo que de verdad puede comprender, aprehender y procesar. Estos chicos pueden luego tener problemas de integración con sus pares, porque sus intereses y preocupaciones se apartan mucho de los de sus compañeros. Incluso chicos con dificultades de integración pueden escudarse en esos intereses intelectuales y así evitan comprometerse en relaciones en las que no se sienten seguros, por lo que pasan horas leyendo o investigando en la computadora, con lo que se alejan cada vez más de sus pares, porque sólo en la práctica se adquieren habilidades sociales.

Del mismo modo que en las habilidades de las que hablaba en la columna anterior, es importante favorecer un desarrollo parejo de la maduración intelectual, la emocional y el control de lo impulsos de nuestros hijos.

 

¿Cómo hacer fuertes a nuestros hijos?

Para LA NACION

 

El problema suele empezar así: Juan busca alguien para molestar, le dice algo ofensivo a José, pero él no le hace caso. Juan se acerca entonces a Felipe, para hacer lo mismo, y él responde un poco más activamente: "Dejame tranquilo" o "No te metas conmigo", hasta que Juan vuelve a retirarse para buscar una nueva víctima. En este último intento, Pedro lo sienta de una trompada.

Finalmente, Juan logra que Tomás "pise el palito": quizá Tomás se asuste y se aleje, o llore, o vaya a contarle a alguien, pero a Juan le queda claro que logró su objetivo. A partir de ese momento, cuando esté aburrido, o se sienta inseguro, o tenga la necesidad de sentirse superior, o simplemente quiera impactar, volverá a acercarse a Tomás para agredirlo.

Podemos hacer fuertes a nuestros hijos de modo que no tengan un cartel (invisible pero visible) en la espalda que dice "molestame". Cuando los chicos están conectados con lo que sienten, especialmente con su "agresividad sana", no son candidatos para el acoso o el maltrato. Así, saben lo que los incomoda, o molesta, o no les gusta, y actúan (a veces se defienden, otras ignoran o responden) según ese saber. Los adultos, especialmente las mujeres, no fuimos habilitados para conectarnos con ella; escuchamos desde siempre frases como: "No te enojes", "Cómo te vas a poner así por semejante pavada", "¿No ves que es chiquito?" Y entonces hacemos lo mismo con nuestros hijos, a quienes querríamos modelar para que fueran buenos, respetuosos, responsables, obedientes, considerados y amables. Nos esforzamos para intentar que no sientan enojo porque no queremos que sufran, además no nos parece válido porque no nos habilitaron a nosotros a sentirlo de chicos. Y resulta que ese enojo, si lo sintieran, los protegería y los ayudaría a defenderse...Para colmo el chiquito crece y nos empieza a molestar que no se defienda y cambiamos el discurso: "Dale una buena trompada y no te va a molestar más" o "No permitas que te hagan eso". Ellos no pueden de un día para el otro cambiar y hacer aquello que nosotros hace poco tiempo no aprobábamos.

Habilitemos en los chicos el derecho a la protesta: vale estar enojado porque se acabaron sus copos predilectos, o porque el hermanito le toca sus cosas, o porque no es hijo único, o no lo dejamos ver tele hasta tarde? O sea: vale enojarse por muuuchos temas, aunque no siempre se pueda hacer o decir lo que a uno se le cruza por la mente. El enojo es una emoción necesaria, señal de que algo nos molesta: enseñemos a los chicos a manejarlo y a encontrar vías adecuadas de descarga.

Demos permiso a los chicos a decir que no, incluso a nosotros: cuando puedan hacerlo en casa, podrán hacerlo afuera. Además ayuda a prevenir cualquier tipo de abuso, porque un chico acostumbrado a acatar siempre no puede decir que no, ¡y hay que practicar el no!

Encontremos el espacio y el tiempo (salvo con los muy chiquitos o si tenemos un hijo con problemas serios de impulsividad) para que los hermanos resuelvan sus problemas entre ellos. Siempre podremos intervenir si la situación empieza a salirse de cauce.

Colaboremos para que, a medida que crecen, aprendan a mirar hacia dentro y saber lo que les gusta o no en lugar de mirar a mamá, a papá, o a la maestra. Los chiquitos miran afuera para saber si algo está bien o mal, y de a poco van internalizando esa función. Esto no resulta fácil en los chicos más sensibles y tampoco cuando los padres damos cátedra de todo sin darles oportunidad de saber lo que piensan o desean.

Y busquemos grupos alternativos donde nuestros hijos puedan conocer a otros chicos y tener más opciones a la hora de elegir con quién estar y jugar.

 

Deseos y necesidades no son lo mismo

Para LA NACION

 

Deseos y necesidades: comprame? dame? llevame. Los chicos nos piden. Los habilitamos desde su nacimiento: cuando un bebe tiene hambre corremos a alimentarlo, también lo cuidamos, lo mimamos, jugamos con él, lo bañamos, lo cambiamos, etcétera, según lo que vemos que necesita. Así se instala en él un patrón de "confianza básica" muy saludable. Sabe que su entorno se ocupa de atender sus necesidades; entonces, pide lo que necesita y se dedica muy tranquilo y seguro a jugar, vincularse, aprender, disfrutar.

Pasa el tiempo, los chicos crecen, y los padres seguimos diciendo que sí, para no discutir, por pereza, o con objetivos aparentemente nobles: que no sufran o no se enojen o no queden "fuera" de su grupo por no tener un smartphone o un perfil en Facebook o una determinada marca de zapatillas o de remera o por no ir a una determinada fiesta o por no festejar el cumpleaños (¡o el casamiento!) de acuerdo con pautas decididas por? ¿quién? Seguramente no por el sentido común ni por las reales posibilidades de esos padres, sino por una lenta y solapada (y por eso difícil de notar) impregnación en la sociedad de consumo, combinada con la repetida frase: "Todos lo hacen? todos lo tienen? todos?".

Los chicos (al igual que cuando eran bebes) se siguen sintiendo habilitados, convencidos de que es su derecho reclamar, exigir, y de que es nuestra obligación de padres atender esos pedidos.

Es maravilloso que se animen a desear y a pedir "el Sol, la Luna y las estrellas", pero les hacemos un flaquísimo favor si se los seguimos ofreciendo, más allá de la primera infancia: cuando a un bebe le acercamos el juguete apenas lo pide no se interesa por moverse ni por ir a buscarlo, ¿para qué? Si otros están ahí para hacerlo por él. Entiende que ésa es tarea de los padres y que la suya es sólo abrir la boca o estirar la mano?

El deseo y la falta promueven la maduración y el fortalecimiento de los recursos personales. Los padres atendemos las necesidades de nuestros hijos, pero en nuestro afán de ser buenos podemos confundir necesidades con deseos sin enseñarles tampoco a ellos la diferencia entre ambos.

Un ejemplo: ellos necesitan buenas zapatillas para hacer gimnasia, con suela de goma que no resbale. Pero desean que sean Nike o Converse, por nombrar sólo un par de marcas. Y argumentan muy creativamente para convencernos de que ese deseo es una necesidad imperiosa. Es nuestra tarea de adultos discriminar entre ambos y lograr que ellos, con el tiempo, aprendan a hacerlo.

No es una tarea placentera: no nos van a agradecer, se van a enojar, nos van a acusar de que les arruinamos la vida, de que no entendemos nada, de que los dejamos fuera de? quién sabe qué maravillosos grupos, lugares, programas.

Somos más grandes, más "altos" y, por lo tanto, vemos más lejos. Confiemos en esa sabiduría ganada con años, experiencia, dolores y sufrimientos personales.

Atendamos algunos deseos de nuestros hijos, pero tomémonos un tiempo antes de decir indiscriminadamente que sí (con lo que ellos siguen creyendo que tienen todos los derechos y nosotros, sus padres, todas las obligaciones).

Tengamos el coraje de decir a veces que no, aunque estén ellos convencidos de que no pueden vivir sin esas zapatillas que nos exigen o ese alfajor o ese teléfono o sin ir a esa fiesta que nos piden con tan poco preaviso.

En caso contrario, no les quedará a ellos nada para soñar, para desear y proponerse, y ni siquiera querrán crecer porque ser grandes implica para ellos convertirse en proveedores ilimitados y, obviamente, van a preferir siempre seguir siendo chicos y pedir, reclamar, exigir, patalear.

CHASELIZALDE.com

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