Límites

La empatía fortalece la autoestim

Para LA NACION

 

El hecho de comprender y poner en palabras lo que nuestros hijos piensan y sienten, nuestra repuesta empática, eleva (y mucho) su autoestima.  Sucede que así les damos lugar para que conozcan, acepten, validen, la gama completa de sus emociones, sentimientos y pensamientos, sin juzgarlos como buenos o malos, correctos o incorrectos.

Durante los primeros años la opinión de los padres para los chicos es “palabra santa”, nos creen sin dudar,  y por eso nuestro reconocimiento y aceptación, no sólo de sus zonas luminosas sin también de las oscuras (como celos, rivalidades, egocentrismos, codicias, perezas, enojos, vergüenzas, sensibilidades, miedos, tristezas, y muchas más), les permite a ellos validarlas y aceptarlas como propias.  

Cuando sólo “aprobamos” las zonas luminosas (bueno, respetuoso, responsable, obediente, considerado, amable, esforzado, valiente, cordial…), aunque no sea explícitamente,  les mostramos que un parte de sus personalidades no nos gusta, o no nos parece bien. Cuando en cambio podemos comprender toda la amplia gama de sus pensamientos y sentimientos ellos perciben que todo en ellos nos gusta y lo consideramos aceptable.  De todos modos ¡cuánto más fácil es aceptar los  rasgos luminosos que los oscuros!

Pero no olvidemos aquello que vimos en otras oportunidades: a pesar de comprender muchas veces tendremos que poner límites a su conducta por cuestiones morales, de salud o de seguridad, o por otras menos esenciales como tiempo o temas económicos.

A veces no comprendemos  y lanzamos frases como “¡no te podés poner así por esa pavada!,  “¿cómo te vas a enojar por eso?”,  “es ridículo lo que decís”, “no discutas, ya sabés que es la hora de…”, “ le tenés miedo a ese cuzquito?”, o “cómo vas a  tener hambre si acabamos de terminar de comer” (los ejemplos son infinitos).   ¿Qué ocurre entonces? Bueno, con esos comentarios ellos creen que  piensan mal, que lo que dicen no tiene sentido ni razón de ser, que desean cosas equivocadas, que sus sentimientos no corresponden y no deberían tenerlos.  Y como no dudan de nuestra palabra sino de ellos mismos y de su mundo interno llegan a la conclusión de que son tontos, o malos, o demandantes, celosos, egoístas, cobardes….   que no aprobamos una gran parte de las ideas y temas que brotan desde adentro de ellos.. 

Lo hacemos por maldad?  ¡No!, es algo que aprendimos de chicos y seguimos haciendo lo que nuestros padres hicieron con nosotros.  También lo hacemos por amor a nuestros hijos: no queremos que sufran y tratamos de convencerlos que lo que ocurre no amerita ese dolor o ese enojo.  Pero por este camino se lesiona la imagen de sí mismos.

Cuando en cambio empezamos respondiendo “cómo te duele que no te hayan elegido para le acto”, “es que molesta que no inviten a  todos al cumple”, “”te asustan las cosas nuevas”, “estaría buenísimo comer un alfajor ahora”, o “qué rabia que se suspenda el partido por lluvia!” y otras respuestas empáticas,  queda implícito que vale todo lo que sienten, aunque no siempre se pueda hacer lo que ellos quieren.  

Así, de a poco, se acostumbran a mirar hacia adentro de ellos para saber lo que les pasa o sienten.  Este es un paso fundamental en la construcción  de una autoestima sólida.  Porque si durante los primeros años la autoestima depende de la mirada de los padres, luego se va internalizando y al crecer, en condiciones ideales, debería depender de nosotros mismos.  Es muy difícil tratar de agradar y de sentirnos aprobado por las personas de nuestro entorno.  Imaginen lo que les pasa a los chicos no la van fortaleciendo se ven tironeados entre esas personas cuyas miradas aprobadoras buscan, sin saber cuál elegir, a cuál renunciar y lo más complicadoo: cómo aprobarse  a sí mismos.

 

La empatía en acción

Para LA NACION

 

Nos gusta más ganar que perder. Divertirse jugando está bueno, pero hacerlo ganando es sensacional. El problema es que no pueden ganar todos, alguno tiene que perder? Los adultos (supuestamente) tenemos una fortaleza interna que nos permite tolerar el dolor de perder, ¡pero los chicos no! Para ellos, que están construyendo su imagen de sí mismos, puede ser dura la derrota, la del equipo nacional y los pequeños traspiés de todos los días. El tema se complica cuando ven a sus padres enojados, protestando, sin capacidad de recuperarse de la frustración de que su hijo no haya jugado bien, de que los alemanes nos hayan hecho un gol en el alargue, o cuando ven a sus admirados jugadores tan dolidos que no pueden ni mirar a los ojos a la persona que les da la medalla de plata. No creo que sea responsabilidad de los jugadores, sino de la sociedad hipercompetitiva en la que estamos inmersos. Para que un equipo salga primero, ¿cuántos perdieron? No hacemos esa cuenta y les exigimos como si se nos fuera la vida en ese resultado.

La empatía y la capacitación emocional nos permiten acompañar el dolor, la frustración, el enojo de ese chico que tenía sus expectativas puestas en que su equipo fuera campeón del mundo y vio sus esperanzas frustradas. Pero lo mismo funciona, en menor escala, cuando el amigo no aceptó la invitación de venir a jugar o cuando no logró saltar cien veces seguidas a la soga sin perder, cuando no alcanzó el nivel del jueguito electrónico que deseaba, o cuando no le salió la figurita que quería en los paquetes que le trajo papá de la oficina. Las oportunidades para fortalecerlos en su tolerancia a la frustración son muchas y están al alcance de nuestras manos.

Ojalá fuera tan sencillo como darles la "lección de vida" que corresponde a cada caso: "No siempre se puede ganar", "hay que practicar", "no te podés poner así por una figurita!", "si no aprendés a perder sin tanto enojo, no te presto más la iPad", "lo que importa es divertirse" y otras muchas ideas muy razonables que puedan venir a nuestra mente. No están listos para escucharnos porque no los comprendimos antes, y entonces se cierran, se tapan las orejas, y dicen: "¡Vos no entendés!", o no dicen nada, pero nuestro mensaje igual no entra. Por eso primero tenemos que preparar el terreno, y para eso usamos la empatía y la capacitación emocional: sólo después de superar nosotros, lejos del niño, nuestro estado de ánimo alterado por esa reacción de nuestro hijo que consideramos desmedida, podremos comprender y sostener su dolor, su enojo, su tristeza, su impotencia; así, al rato de empezar este acompañamiento, veremos que se abre en ellos una ventanita, les cambia la actitud, vuelven a mirarnos a los ojos, notamos que están listos y pueden escucharnos, aunque sólo sea un mensaje corto.

Con nuestro acompañamiento empático, los chicos resuelven solos la mayoría de los problemas, sostenidos por nuestras palabras y nuestra mano en su hombro que los "abraza" y les permite ver la situación con más realismo, menos subjetivamente, logran llegar sin otra ayuda a las conclusiones y reflexiones que nosotros habríamos querido hacer de entrada, se las apropian con mayor facilidad y no necesitamos agregar nada.

Si alguna vez nuestro acompañamiento los condujera a estar cada vez más enojados, tristes, frustrados, etcétera, siempre estamos tiempo para ayudarlos a salir de ese pantano con nuestras reflexiones. Pero eso sólo va ocurrir en pocas oportunidades.

Y quizá nosotros también necesitemos un laaargo abrazo amoroso y comprensivo antes de poder aceptar que la medalla de plata es un gran logro. Y hablo de fútbol y de muchas situaciones de la vida en las que tendemos a buscar éxitos resonantes y no aguantamos segundos puestos o esperas o esfuerzos?.

 

Claves de la capacitación emocional

Para LA NACION

 

¿Cómo son los padres capacitadores emocionales, sostenedores de emociones? Acompañan a sus hijos a encontrar recursos para enfrentar las dificultades de la vida. Aceptan las emociones negativas (enojo, miedo, tristeza, excitación, preocupación, etc.) y las aprovechan para enseñar a sus hijos cuestiones importantes y logran mayor intimidad en su relación con ellos. Los siguientes son ocho pasos de la Capacitación emocional para la familia que la psicóloga Maritchu Seitún propone en su último libro editado por Grijalbo.

Conciencia (darse cuenta): de las emociones, sentimientos, mensajes de nuestro cuerpo y otras señales no verbales en los distintos momentos de nuestra vida. Darse cuenta de lo que está ocurriendo en nuestro interior.

Sintonía: sintonizamos con la frecuencia, nos alineamos con lo que sentimos, aceptamos que lo sentimos (aunque todavía no nos guste o nos cueste sentirlo); reconocemos nuestra emoción como una señal (y una oportunidad) para detenernos a pensar/investigar qué nos está pasando.

Empatía: implica no sólo aceptar lo que sentimos sin criticarlo ni enojarnos sino comprender por qué nos ocurre, abrimos nuestra mente a la experiencia, somos empáticos con nosotros mismos, tolerando y escuchando nuestras propias emociones desprolijas (por rechazables para la conciencia, por ambivalentes, por inmaduras, por ridículas, por no responder a nuestro ideal como persona, etc.), con compasión y sin enojo ni crítica.

Expresión: buscamos las palabras para hablar de lo que nos pasa, lo que sentimos, tratamos de encontrar el sentido, de ordenar lo que pasó, de poner nombre a lo que nos preocupa/enoja/asusta, así integramos el hemisferio cerebral izquierdo: cuya tarea es (entre otras) buscar sentido, ordenar, poner lógica y palabras, con el derecho: que es el que transmite sensaciones corporales, emociones, recuerdos.

Brainstorming o tormenta de ideas (grupal con nuestros diferentes personajes interiores):buscamos formas de elaborar o resolver aquello que desató la emoción, cualquier estrategia, todas valen. Es importante que primero demos espacio a todas las ideas que se nos ocurran antes de eliminar algunas porque no nos parecen aceptables, para que no se nos escapen ideas geniales al filtrar demasiado con nuestra conciencia moral.

Resolución: elegimos el objetivo a alcanzar y la solución (si la hubiera) que nos resulta viable dentro de nuestra escala de valores, o hacemos el duelo por lo que no resulta posible y aceptamos lo que haya que aceptar.

Clarificación: encontramos el sentido de esta experiencia para nuestro crecimiento e integración.

Soberanía: somos cada vez más dueños y señores de nuestra persona entera, sentimos respeto y valoración por nuestra persona entera, sentimos respeto y valoración por nuestra identidad única y separada, diferenciada e integrada con todos nuestros aspectos internos, desde los más elevados, maduros, hasta los más miserables, aunque antes habríamos considerado absurdos o infantiles (o habríamos desperdiciado energía en enormes esfuerzos para convencernos de que eran razonables).

 

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