Aprendizajes de Vida

La vida a veces puede ser injusta

Para LA NACION

 

Me llevó mucho años descubrir y aceptar el simple hecho de que la vida no es justa.  El saberlo me liberó de un incómodo resentimiento  y me permitió dejar de mirar todo el tiempo hacia el costado atenta para vigilar si las cosas que ocurrían, a mí y a mi gente querida, eran justas y equitativas, y de salir rauda y enojada a intentar enmendarlas o a exigir, a quien correspondiera, que lo hiciera cuando no lo eran( o cuando yo lo creía así).

¿Qué significa esto? que no necesariamente recibiremos lo que merecemos, ya sea amor, reconocimiento, valoración, objetos o dinero, ni nuestros logros estarán en relación con nuestro esfuerzo,  que podemos cuidarnos mucho y enfermarnos igual o no cuidarnos nada y llegar sanos a la vejez…  Hay que entender que el famoso dicho “lo que toca toca, la suerte es loca” no nos exime de seguir intentando ser buenas personas y de tener claro que vale la pena esforzarse.  Debemos hacer las cosas bien por el solo deseo y/o el placer de hacerlas y no con el objetivo de ser retribuidos por nuestras buenas acciones, y aceptar con dolor cuando, pese a nuestro esfuerzo, los resultados no son acordes a lo que esperábamos.

Llevando el tema a nuestros hijos, es importante que este concepto rija en muchas oportunidades nuestra conducta con ellos. Más de una vez veo a los padres tan atentos a “ser justos” con sus hijos que finalmente son ellos los que instalan  en los chicos esa mirada vigilante: “lo llevaste a comer un helado ayer, hoy me toca a mi”. 

Ahí estamos nosotros, los progenitores, haciendo complicadas cuentas de lo que le debemos a cada uno, y cada vez hacemos menos cosas porque si cada movimiento implica hacer lo mismo con el resto de los chicos, perdemos la espontaneidad… incluso las ganas de hacerlo…

La supuesta “injusticia” rápidamente se desliza hacia otra idea: “vos lo preferís a él” ( y por es lo llevaste a tomar el helado) cuando la realidad seguramente fue muy diferente: lo llevamos  a sacarse sangre y lo premiamos con ese helado, o nos acompañó a hacer un trámite porque no tenía programa y pasamos por la heladería.

La vida cambia, y las condiciones y forma de vivir tampoco permanecen inmutables, quizás viajamos mucho con el primer hijo y hoy no podemos hacerlo, o la mamá trabajaba cuando tenía un solo hijo y ahora con el segundo decidió y pudo quedarse en casa.  Además los chicos son distintos, y cada uno necesita cosas diferentes. ¿Qué pasa cuando un hijo de necesitar ortodoncia y psicopedagoga mientras su hermano tiene los dientes perfectos y le va bien en el colegio sin ayuda?  Para ser justos ¿deberíamos hacer todo lo posible para que el menos favorecido alcance a su hermano? ¿O deberíamos separar la misma cantidad de dinero que gastamos en el primero para el segundo?

Cuánto más fuertes crecerían nuestros chicos si aprovecháramos las oportunidades que nos ofrece la vida para acompañarlos en el dolor de aceptar aquello que ellos consideran injusto: que Juana tenga un cumple y Marina no tenga programa, que Pedro se opere de hernia y reciba regalos mientras José se queda en casa ( y cualquiera de los dos podría decir que la situación es injusta), que la maestra le dé a Andrés un ratito más para hacer la prueba porque le cuesta más escribir que a sus compañeros, etcétera.

Eso sí, no puedo terminar sin aclarar que me estoy refiriendo a la vida de todos los días en nuestras casas y no de la justicia social, por supuesto.   Porque en este último caso yo creo que los que tuvimos más suerte, los más afortunados,  debemos asumir la responsabilidad de hacer lo necesario por mejorar las condiciones de vida y las oportunidades de las personas menos favorecidas.

El hogar es donde está tu corazón

Para LA NACION

 

Dice la canción "Home is where your heart is".  El hogar es donde está nuestro corazón, es el lugar de los recuerdos, comidas, olores, música, risas y tristezas,  también peleas y enojos. Veo a mi abuela, que ya no está con nosotros, sentada en ese sillón frente a la ventana, como tantas veces la vi en la infancia de mis hijos. Qué lindo que nuestro hogar sea el mismo y perdure, de modo que detrás de la puerta estén las medidas de los chicos de cada año que cumplieron; los cuartos, testigos fieles de tantas historias, desde los juegos a solas y con amigos,  las peleas con los hermanos, las risas y lágrimas, hasta los pijamas party, las juntadas de mujeres y los picaditos de varones en el jardín... Qué lujo tener un hogar durante muchos años que conserve esas vivencias: hoy ya abuela, mis hijos vuelven "a casa". Sabemos que ya no es su casa, pero sigue en el corazón todos ese pedacito de hogar que fuimos construyendo a lo largo de tantos años.

Gracias, Tigris, por invitarme a pensarlo....

 

BLANQUEAR LAS EMOCIONES (empatía)

Las emociones son el tema central del libro. Y la “capacitación emocional” aparece como un nuevo ejercicio para hacer frente a los problemas. La autora nos invita a pararnos en otro lugar, a dejar de lado el “malo pero conocido” esquema, y a tratar de entender lo que nos pasa (a nosotros, a nuestros hijos, a nuestras parejas, a los demás). Es decir, si conocemos y aceptamos las emociones, en lugar de negarlas y reprimirlas, vamos a tomar mejores decisiones, tendremos más energía disponible e, incluso, vamos a poder disfrutar más de la vida.

El siguiente texto es sólo un extracto del libro, un ejemplo que, puesto en práctica, puede llevarnos a un lugar completamente diferente. Un planteo que aquí involucra a una pareja, pero que es transferible a todos los ámbitos de nuestra vida y a todas las relaciones:

 

“Son las nueve de la noche, mi marido no llega de trabajar, lo llamo a su oficina y no lo encuentro, al celular lo mismo, pienso: “siempre el mismo, no me tiene en cuenta, cociné para comer a las nueve y él lo sabe, ahora se está quemando la comida, nos vamos a acostar tardísimo y yo mañana tengo que madrugar”, me voy enojando sin registrar el susto que tengo de que le haya pasado algo. (¿Por qué seguimos eligiendo enojarnos si sabemos que no conduce a ninguna parte? Porque cuando nos asustamos nos sentimos frágiles y vulnerables, en cambio el enojo nos hace creer que somos fuertes, invulnerables). Cuando él llega a las nueve y media ni le doy tiempo de entrar ni de disculparse y le digo ‘de todo menos bonito’. Alejadísima de una buena integración conmigo misma, no logro nada, porque él se pone a la defensiva (obvio, si me convertí en un dragón) y devuelve mis acusaciones con otras igualmente no integradas: “¡para qué voy a volver! No me dan ganas, ¡estaba trabajando! ¿o cómo creés que pago las cuentas? Siempre tenés una razón para quejarte y tener mala cara, etcétera”.  Mi distancia del miedo que sentía (y que no pude ver ni le pude mostrar), tampoco le permite a él acercarse a este dragón echando fuego por la boca, sin conectarse con lo que él siente (la mala conciencia por no haberme llamado y la conciencia de mi susto), y como ‘la mejor defensa es el ataque’, arranca con sus acusaciones, (es muy fácil encontrar algún reclamo por ahí adentro nuestro sin casi buscar)…  Y termina el episodio peor de lo que empezó: los dos enojados, convencidos de que el otro es un desconsiderado, y que nosotros no tenemos nada que cambiar.  ¡Reprobados los dos en integración de nuestras personas y en capacitación emocional propia y ajena!”.

 

El camino a la integración y capacitación emocional

A partir de este ejemplo, la autora armó sus propios pasos para nuestra capacitación emocional y la de nuestros hijos. 

 

1) Conciencia (darse cuenta): tomamos conciencia de las emociones y sentimientos, mensajes de nuestro cuerpo y otras señales no verbales en los distintos momentos de nuestra propia vida. Implica darse cuenta de lo que está ocurriendo en nuestro interior.

Miro la hora, son las nueve, lo llamo y no lo encuentro, empiezo a asustarme pensando que puede haberle pasado algo, me acuerdo de lo que vi ayer en el noticiero, un asalto en una empresa cerca de donde él trabaja...  Siento los latidos de mi corazón, y la angustia; no puedo quedarme quieta, lo llamo treinta veces a sus teléfonos, aunque sepa que es inútil, que sólo va a servir para que me angustie más…  En lugar de ayudar a mi organismo a volver a la calma le permito, incluso lo ayudo a, desbocarse.

 

2) Sintonía: sintonizamos con la frecuencia (como en la radio), nos alineamos con lo que sentimos, aceptamos que lo sentimos (aunque todavía no nos guste o nos cueste sentirlo); reconocemos nuestra emoción como una señal (y una oportunidad) para detenernos a pensar/investigar qué nos está pasando (sintonía, empatía  y expresión no son tan diferenciables entre ellos cuando hablamos de nosotros mismos, pero sí son distintos cuando lo hacemos con nuestros chicos o con otra persona). Implica “sentirnos sentidos” (en palabras de Siegel), en este caso, por nosotros mismos.

Estoy preocupada, asustada y enojada a la vez, no querría que le hubiera pasado algo; estoy jadeando (respiración corta), imagino cosas; estar en sintonía conmigo misma me permite no desbarrancarme y pensar dónde podría estar o cómo buscarlo, trato de acordarme si esta mañana me contó de alguna reunión…

Descubro también que, ‘sin querer queriendo’, permito y ayudo a que mi miedo crezca, para sentirme segura de que ‘vale’, de que tengo razón y derecho de sentirlo, o quizás para poder enojarme más justificadamente…

 

3) Empatía: implica no sólo aceptar lo que sentimos sin criticarlo ni enojarnos por sentirlo, sino comprender por qué nos ocurre, abrimos nuestra mente a la experiencia, somos empáticos con nosotros mismos, tolerando y escuchando nuestras propias emociones ‘desprolijas’ (por rechazables para la conciencia, por ambivalentes, por inmaduras, por ridículas, por no responder a nuestro ideal como persona), con compasión y sin enojo ni crítica.

Es como par asustarse, con las cosas que están pasando, además me siento no tenida en cuenta, eso me molesta y me enoja…

 

4) Expresión: buscamos  las  palabras para hablar de lo que nos pasa, lo que sentimos, tratamos de encontrar el sentido, de ordenar lo que pasó, de poner nombre a lo que nos preocupa/enoja/asusta, así integramos el hemisferio cerebral izquierdo: cuya tarea es (entre otras) buscar sentido, ordenar, poner lógica y palabras, con el derecho: que es el que transmite sensaciones corporales, emociones, recuerdos, de modo que podamos ver la imagen completa. Ponemos en palabras (respetuosas de nosotros mismos), eso que sentimos, que nos ocurre; no hace falta que sea en voz alta, nos lo decimos a nosotros mismos, a veces es buena idea escribirlo.

Me incomoda pasar por estas situaciones, me asusto, me siento insegura, frágil y vulnerable, en un instante puede cambiar nuestra vida…es que desde siempre soy sensible a estas situaciones, me cuesta confiar en que todo va a estar bien… ya sé que me enojo mucho porque cuando me asusto me siento muy frágil, por lo que me hice experta en encontrar buenas razones para enojarme…

 

 5) Brainstorming o tormenta de ideas (‘grupal’ con nuestros diferentes ‘personajes’ interiores): buscamos formas de elaborar o resolver aquello que ‘desató’ la emoción, cualquier estrategia, todas valen. Es importante que primero demos espacio a todas las ideas que se nos ocurran antes de eliminar algunas porque no nos parecen aceptables, para que no se nos escapen ideas geniales al filtrar demasiado con nuestra conciencia moral.

a) lo acogoto apenas llegue, ¡¡¡lo mato!!!

b) le hago lo mismo a él mañana a la noche así aprende cómo me siento hoy,

c) me divorcio, no aguanto más su falta de consideración, prefiero estar sola,

d) le pongo un buscador LoJack como al auto así sé dónde está,

e) le explico que me asusté, que las cosas están difíciles en cuanto a seguridad, que se acuerde de avisarme cuando se atrase,

f) se me ocurre algún acuerdo para los días en que llega tarde así no me asusto ni me enojo, ¿y si hablamos todos los días alrededor de las 7 para ver cómo viene su trabajo?

 

6) Resolución: elegimos el objetivo a alcanzar y la solución (si la hubiera) que nos resulta viable dentro de nuestra escala de valores, o hacemos el duelo por lo que no resulta posible y aceptamos lo que haya que aceptar.

Elijo e y f como viables y lo converso con él cuando llega: como le muestro mi miedo y no mi enojo, él puede entrar y disculparse: “perdoname, te asustaste… estaba en una reunión muy lejos, creí que terminaba temprano, cuando salí y quise llamarte, me di cuenta de que no tenía batería en el teléfono, tengo que comprar un cargador para el auto urgentemente”. Esos comentarios me ayudan a mostrarle mi fragilidad, mi vulnerabilidad, contarle cómo me sentí, permitirle abrazarme física o emocionalmente con palabras o gestos (¡ya no necesito el dragón!).

 

7) Clarificación: encontramos el sentido de esta experiencia para nuestro crecimiento e integración.

Por suerte pude no enojarme esta vez, no me gusta que aparezca mi dragón; y mi marido pudo escucharme. Seguramente logremos hacer esto cada vez más seguido, en lugar de trenzarnos en peleas sin sentido…

 

8) Soberanía: somos cada vez más dueños y señores de nuestra persona entera, sentimos respeto y valoración por nuestra identidad única y separada/diferenciada e integrada con todos nuestros aspectos internos, desde los más ‘elevados’, maduros, hasta los más ‘miserables’, que antes habríamos considerado absurdos o infantiles (o habríamos desperdiciado energía en  enormes esfuerzos para convencernos de que eran razonables).

Esta soy yo, sensible a cuestiones de seguridad, me asusto fácilmente, al no dejarme llevar por ese susto y plantear las cosas con claridad encuentro mejores soluciones para los temas y recibo mejores respuestas de los demás.

 
 
 

Una oportunidad para tender redes 

Para LA NACION

 

La generosidad y la sensación de abundancia interna no pueden imponerse por decreto. Son el final de un largo proceso que empieza en la más tierna infancia de la mano de padres generosos y abundantes, no de dinero o juguetes, sino de disponibilidad hacia sus hijos.

Mirando desde afuera, podríamos decir que los bebes son egoístas. Pero en realidad no "saben" que existe un otro: protestan, se quejan, reclaman y los adultos vamos a atenderlos sin pretender que esperen su turno, ni que pidan por favor, ni que sepan compartir. Egoísta es un adulto que sólo puede pensar en sí mismo, los bebes son egocéntricos. Su egocentrismo va madurando y vemos surgir en ellos la posibilidad de dar sin pedir algo a cambio.

Como adultos, a veces tenemos miedo de que nuestros hijos sean egoístas de grandes y confundimos ambos conceptos. Entonces podemos intentar forzarlos, obligarlos (bajo amenaza sutil o manifiesta de perder nuestro amor) a que muestren una generosidad que no están todavía listos para tener. Así, ellos se sobreadaptan con un costo alto en autoestima y mucho gasto de energía en mecanismos defensivos que los empobrecen, como represión, inhibición o negación. Entender este concepto no implica dejar a los chicos hacer lo que quieran sino saber que hay un proceso de maduración y que lleva cierto tiempo que no les cueste compartir a mamá con el hermanito, o prestar un juguete, o repartir los caramelos que tienen en la mano.

Padres generosos y dispuestos de tiempo, de disponibilidad y entrega, de mimos, de amor, de juegos, van llenando a esa personita de atención, amor y cuidados. Así, de a poco, el chiquito va teniendo algo para ofrecer. Ocurre que antes de poder compartir tenemos que poseer, en primer lugar a mamá y papá, y más adelante, juguetes, tiempo, dinero, etc. Con la maduración, el vínculo con adultos que cuidan y las internalizaciones protectoras de mamá o papá, el chico construye un yo fuerte y lleno de recursos; va adquiriendo una sensación de abundancia interna, fruto de una disposición adulta abundante hacia ellos. Los chicos no pueden dar cuando sienten que les falta.

Pero a veces los padres no tenemos esa sensación interna de abundancia... ¿entonces tampoco podemos ofrecerla? Por suerte, las carencias vividas, cuando las comprendemos y procesamos, pueden impulsarnos a ayudar y reparar porque tenemos un yo fuerte que nos permite trascender nuestras viejas heridas, incluso curarlas a través de nuestros hijos.

Esta reflexión se me ocurrió a partir del intercambio de mails con una periodista. Yo pasaba unos días en su ciudad natal y ella, muy generosamente, me pasó los datos de sus hermanos, personas influyentes en esa comunidad por si yo necesitaba algo. Cuando se lo agradecí, ella muy sabiamente me respondió: "Lo que en Buenos Aires llaman influencias, en el interior lo llamamos tender redes".

Creo que es un problema que trasciende a la gran ciudad y ya está instalado en muchas comunidades. ¿Qué nos pasa a tantos argentinos que andamos como la urraca escondiendo y amarreteando lo bueno que tenemos? ¿Qué nos pasa que en lugar de tender redes nos tiramos a matar unos a otros? Nuestros hijos nos ven hacerlo y hacen lo mismo. Qué suerte que todavía hay algunos lugares donde no hay tanta competencia, donde la gente es generosa y tiene esa sensación de abundancia, comparte lo que tiene o sabe, porque también sabe que el otro va a compartir lo suyo, y entonces todos ganan... Estamos a tiempo de criar una generación distinta, con padres modelo de entrega generosa y tendedores de redes. No dejemos pasar esta oportunidad, porque se nos van acabando.

CHASELIZALDE.com

  • https://www.youtube.com/channel/UCGi
  • Pinterest
  • Facebook icono social
  • Instagram